Estados Unidos ha establecido un objetivo para sus aliados europeos de la OTAN: para 2027, deben estar en condiciones de asumir la mayor parte de la defensa convencional del continente, lo que incluye capacidades esenciales como misiles, logística e inteligencia, y así reducir gradualmente la implicación directa de Washington en la disuasión contra Rusia.
En encuentros recientes con diplomáticos europeos, el Pentágono ha mencionado que la paciencia política en Washington respecto al “subsidio de seguridad” hacia Europa se está agotando. Este mensaje no solo se refiere al aspecto financiero (que exige más del 2 % del PIB en defensa), sino también al operativo: Europa necesita poder mantener, en un corto período de tiempo, la mayor parte de la defensa convencional del continente, basándose en un apoyo estadounidense, y no al revés. Sin embargo, los plazos políticos chocan con la realidad industrial, enfrentando cuellos de botella en municiones, retrasos en programas de defensa aérea, dependencia de ISR estadounidense y una falta de uniformidad en los estándares de equipamiento.
Este cambio se presenta en un contexto donde la Unión Europea está debatiendo sus propias metas de autonomía estratégica hacia 2030, reconociendo que el margen es limitado dado el contexto de la guerra en Ucrania, la amenaza híbrida rusa y la necesidad de fortalecer el flanco sur ante la inestabilidad en el Sahel y el Mediterráneo. La discusión ahora no se centra solo en cuánto invertir, sino en qué áreas priorizar: defensa aérea integrada, munición de artillería, movilidad táctica y capacidades de mando y control interoperables.
Para Chile, el mensaje tiene dos vertientes. En primer lugar, se establece un escenario en el que Estados Unidos reorienta su atención hacia el Indo-Pacífico y disminuye su “ancla” en Europa, lo que permite una OTAN más autónoma, pero también más exigente en términos de interoperabilidad con socios globales. En segundo lugar, la presión sobre las cadenas de suministro militar europeas podría encarecer y demorar los programas de modernización en los que Chile participa o podría participar (como sensores, defensa aérea, misiles antibuque y repuestos). En los próximos años, Santiago deberá analizar cuidadosamente estas tensiones: una Europa más autónoma podría ser un socio industrial atractivo, pero también un proveedor saturado y costoso en un mercado global cada vez más tenso.
Con Información de elradar.cl