Rusia ha comenzado a utilizar territorio bielorruso para desplegar misiles hipersónicos Oreshnik y llevar a cabo ataques con drones Shahed contra Ucrania, según denuncias de Kiev y análisis de imágenes satelitales reveladas el 27 de diciembre. Esto reconfigura el mapa de amenazas para Europa y la OTAN.
El presidente ucraniano Volodímir Zelenski acusó a Moscú de eludir las defensas aéreas de Ucrania, utilizando infraestructura en edificios residenciales en Bielorrusia para dirigir drones y misiles hacia el oeste de su país. Simultáneamente, investigadores estadounidenses han señalado que las imágenes satelitales muestran un desarrollo acelerado en una antigua base aérea próxima a Krichev, en el este de Bielorrusia, lo que indica la creación de una instalación para misiles balísticos Oreshnik de alcance intermedio, con potencial capacidad nuclear.
El despliegue en Bielorrusia no es un hecho aislado: se suma al uso de ese territorio en la invasión inicial de febrero de 2022 y a la creciente integración de las fuerzas armadas bielorrusas en la planificación operativa rusa. Desde Minsk, el ministro de Defensa bielorruso ha descrito la llegada de los Oreshnik como una “respuesta” a las acciones de la OTAN, afirmando que no altera el equilibrio estratégico, aunque los misiles pueden alcanzar objetivos en gran parte de Europa.
Desde un punto de vista geopolítico, la presencia de misiles hipersónicos cerca de la frontera europea intensifica el debate sobre defensa antimisiles, refuerza la narrativa rusa de disuasión nuclear y complica los esfuerzos occidentales para mantener negociaciones de control de armas. La coincidencia con nuevos ataques masivos sobre Kiev y otras ciudades resalta que Moscú sigue presionando militarmente mientras se discuten posibles acuerdos de alto el fuego entre Zelenski y la Casa Blanca.
Para Chile, el reposicionamiento de capacidades rusas tiene efectos indirectos pero significativos. Por un lado, consolida una Europa más centrada en la defensa y menos dispuesta a proyectar estabilidad en otros ámbitos, incluyendo América Latina. Por otro, acelera los debates sobre escudo antimisiles, defensa aeroespacial y la resiliencia de infraestructuras críticas, temas que empiezan a ganar relevancia en la discusión chilena sobre capacidades estratégicas, vigilancia del espacio aéreo y cooperación tecnológica con socios como Estados Unidos y Europa.
Es probable que la OTAN refuerce su postura en el flanco oriental, incrementando despliegues rotativos, ejercicios y sistemas de alerta temprana mientras evalúa respuestas político-militares ante la nueva base rusa en Bielorrusia. El principal riesgo es una espiral de acción y reacción en el ámbito nuclear táctico, dejando a Europa atrapada entre la necesidad de disuasión y el miedo a un accidente o error de cálculo. Para Chile, el escenario a seguir es un continente europeo centrado en su propia seguridad, que podría redirigir recursos y atención de otros espacios donde Santiago busca mayor presencia, obligando a diversificar alianzas y a prestar más atención hacia el eje Indo-Pacífico y los foros multilaterales de control de armas.
Con Información de elradar.cl