Reorientación estratégica de Estados Unidos hacia América Latina y competencia por la influencia en la región.

La reciente Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, presentada a finales de 2025, establece al Hemisferio Occidental como una de sus principales prioridades e indica un incremento de la presencia militar estadounidense en América Latina. Esto se ejemplifica con el reciente despliegue de la Fuerza Aérea en Ecuador, destinado a combatir a supuestos «narco-terroristas», mientras que Rusia y otros actores intentan aprovechar las tensiones en torno a Venezuela.

El documento estratégico emitido por la Casa Blanca propone «restaurar la superioridad militar» de Estados Unidos en la región y asegura que se negará a cualquier potencia rival el establecimiento de fuerzas o capacidades amenazantes. Funcionarios del Pentágono han señalado que esto podría resultar en un aumento de tropas y recursos distribuidos por las Américas, así como en una intensificación de las operaciones de interdicción marítima y aérea contra el narcotráfico, planteadas ahora dentro de un enfoque de «defensa activa» en lugar de una simple aplicación de la ley.

En este contexto, el despliegue de unidades de la Fuerza Aérea estadounidense en Ecuador se justifica como respuesta a la creciente amenaza de organizaciones criminales transnacionales. Esta acción se suma a la intensificada cooperación en seguridad con gobiernos de la región y reaviva el debate sobre la soberanía, la presencia de tropas extranjeras y la militarización de la lucha contra las drogas.

Simultáneamente, la escalada retórica entre Washington y Caracas —que abarca desde sanciones más severas hasta la posibilidad de intervención— es interpretada por Moscú como una oportunidad. Análisis rusos sugieren que una intervención estadounidense en Venezuela podría, de manera paradójica, beneficiar al Kremlin al establecer un equilibrio moral en el uso de la fuerza y facilitar un «trueque geopolítico»: una Venezuela alineada con EEUU a cambio de un acuerdo favorable para Rusia en Ucrania.

El cambio estratégico de Estados Unidos hacia el hemisferio tiene un impacto directo en la seguridad sudamericana. Para Chile, esto implica la necesidad de ajustar cuidadosamente su relación con Washington, evitando quedar atrapado en una lógica de bloques cerrados que limite su capacidad de maniobra con otros socios importantes, como la Unión Europea o China. Además, reabre el debate interno sobre el nivel deseable de cooperación en defensa y seguridad con EEUU, especialmente en áreas sensibles como la vigilancia marítima, el combate al narcotráfico y el uso de bases o infraestructura dual.

En términos económicos y energéticos, la estabilidad de Venezuela —que aún alberga las mayores reservas probadas de petróleo del mundo— sigue siendo una variable crucial para los mercados. Cualquier intervención militar o colapso abrupto del régimen podría tener efectos inmediatos en los precios de los combustibles, afectando a Chile. Asimismo, una mayor presencia de actores externos (EEUU, Rusia, China, Irán) compitiendo por influencia en América Latina podría fragmentar la coordinación regional y dificultar la creación de posiciones comunes en foros multilaterales, donde Chile ha desempeñado roles de articulación.

En 2026, Estados Unidos se presenta decidido a «reordenar su patio trasero», mientras que Rusia y otros actores buscan oportunidades para convertir América Latina en un tablero de negociación indirecta sobre Ucrania y el orden internacional. Es probable que la región experimente un aumento en ejercicios militares conjuntos, ventas de armamento y acuerdos de acceso a instalaciones. Para los países latinoamericanos, incluido Chile, el reto será prevenir que esta competencia entre grandes potencias conduzca a una nueva oleada de alineamientos rígidos, reeditando la lógica de zonas de influencia que América Latina ha intentado dejar atrás.

Con Información de elradar.cl

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