Modificación en la estructura del SBU y transición hacia operaciones asimétricas.

El 5 de enero de 2026, el presidente Volodymyr Zelensky efectuó cambios en la dirección del Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU), en un movimiento significativo en medio de la guerra, buscando potenciar capacidades “no convencionales” frente a Rusia. Este cambio es crucial, dado que el SBU se ha convertido en un elemento vital en tareas de contrainteligencia, sabotaje y operaciones precisas.

El reemplazo en la gestión del SBU se produce en un contexto de reconfiguraciones políticas y militares que reflejan dos presiones simultáneas: mantener el esfuerzo bélico convencional y, al mismo tiempo, diversificar las acciones de desgaste (uso de drones, guerra electrónica, infiltración en la retaguardia y protección de infraestructuras críticas). Doctrinalmente, el SBU ya no se limita a la “seguridad interna”; en la práctica, ha comenzado a asumir roles característicos de entidades de inteligencia operativa y fuerzas especiales, especialmente en un conflicto donde la distancia estratégica se reduce por el uso masivo de UAV y tácticas de sabotaje en cadenas logísticas.

La decisión política es clara: Kiev está dispuesto a reestructurar su liderazgo durante un periodo de alta tensión, priorizando resultados y la adaptación tecnológica. Sin embargo, esto conlleva el riesgo de fricciones entre agencias (SBU, GUR, Ministerio de Defensa) y discontinuidades operativas, sobre todo porque la guerra de drones exige ciclos de aprendizaje muy cortos, integración de inteligencia táctica en tiempo real y rigurosidad en la seguridad industrial para mantener el ritmo de innovación.

La experiencia de Ucrania demuestra que, en una guerra híbrida, la arquitectura de seguridad debe estar diseñada para funcionar de manera continua en situaciones de crisis: estableciendo enlaces seguros entre inteligencia, fuerzas armadas, cuerpos policiales especializados y el sector privado estratégico (telecomunicaciones, energía, puertos). Para Chile, la lección clave no es replicar estructuras, sino fortalecer la gobernanza interagency, los marcos de autorización y controles, así como la resiliencia en las comunicaciones frente a ataques persistentes, teniendo en cuenta la dependencia de la logística marítima y la vulnerabilidad de la infraestructura portuaria.

A corto plazo, el indicador principal será si el nuevo mando puede mantener el ritmo de operaciones y mejorar la coordinación. Existe el riesgo de que una transición degrade la eficacia durante semanas; sin embargo, la oportunidad radica en que este ajuste impulse la integración entre tecnología, inteligencia y operaciones. Un escenario probable es que se incremente el enfoque en acciones asimétricas y en contrainteligencia interna, con la presión política de obtener resultados visibles.

Con Información de elradar.cl

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