Nunca hubo más dineros en España ni presupuestos militares más altos que durante el reinado de Felipe II y su hijo. Toneladas de plata llegaban de Potosí y oro del Caribe. Ningún otro imperio en la historia obtuvo tanto dinero de sus colonias. Sin embargo, coincidiendo con este aluvión de supuesta riqueza, España enfrentó 4 bancarrotas. El país se empobreció, los precios se dispararon, dejando fuera del mercado a nuestra industria y condenando a la miseria a la mayoría de la población. El Gobierno no dejaba de invertir, pero el rédito no se quedaba en nuestras fronteras. Fue Martín de Azpilicueta quien descubrió que cuanto más dinero, oro o plata hay en un país por encima de lo que crece su productividad, más suben los precios, pero eso no significa que seamos más ricos. Ni siquiera el efecto es neutro, es mucho peor: empobrece, nos hace menos competitivos e induce a menos productividad, pérdida de talento y depresión.
En 2025, el Gobierno español lanzó otro enorme programa de inversiones en sistemas de armas, creyendo que obtendríamos más defensa, que los recursos asignados generarían más capacidad militar. Nos olvidamos de las consecuencias perniciosas de sobresaltar los mercados con un aluvión de moneda, en este caso euros, que, por razones obvias, la industria y la Administración son incapaces de digerir adecuadamente.
Si tener una industria moderna y competitiva dependiera del dinero, Arabia Saudita lideraría el ranking. Cada año, su industria recibe decenas de miles de millones de dólares, pero el resultado no concuerda con la inversión. Si fuera solo cuestión de dinero, Israel no tendría el posicionamiento industrial y tecnológico que ostenta. Así que desterremos la peregrina idea de que con dinero construiremos una industria competitiva y moderna.
Si países como España pudieran desarrollar y fabricar autónomamente todos los sistemas de armas, existirían al menos otros 20 países con las mismas capacidades, pero no es así. No basta con ser de Bilbao para desarrollar un misil, un avión o un sistema de guerra electrónica. Quien lo crea, estará condenado al fracaso, engañándose como lo hacían los funcionarios del imperio. Si fuera fácil desarrollar un arma de última generación, el espionaje industrial no habría sido necesario entre potencias en los últimos ochenta años, ya que la tecnología de verdad está al alcance de un puñado de empresas por sector en el mundo.
La industria nuclear estadounidense no nació de miles de millones invertidos. Sin Niels Bohr, Einstein, Oppenheimer, la bomba no habría llegado a tiempo. La industria aeronáutica española revivió a finales de los años cuarenta gracias a que importantes ingenieros aeronáuticos de la Alemania Nazi se instalaron en España, como Willy Messerschmitt. Estados Unidos no habría llegado a la luna sin Von Braun, el inventor de las V1 y V2.
Detrás de cada uno de ellos hubo una larga tradición de ingeniería nacida en universidades y empresas veinte años antes. Lo mismo ocurre con la URSS, cuyos éxitos están ligados a grandes nombres como Kalashnikov o Mikoyan. La industria europea de defensa fue producto de una capacitación por parte de la industria estadounidense en los años cincuenta y sesenta, un flujo tecnológico que todavía persiste. Turquía ha fabricado el Hurjet porque pudo ensamblar el F-16 y Corea del Sur desarrolló el K-9 gracias a la transferencia de tecnología en el mantenimiento de los M-109 y M110 estadounidenses.
Falta de talento
La industria española de defensa se ha descapitalizado tecnológicamente tras décadas de escasa inversión en defensa, educación, captación de talento, formación de ingenieros y profesionales. No podemos esperar transformar esta sinergia de la noche a la mañana; se necesita tiempo para revertirla. En este momento, España es incapaz de desarrollar un sistema propio sofisticado, incluyendo misiles o plataformas, y tampoco puede integrar soluciones disruptivas de IA o cuántica, ni producir carros de combate o obuses.
Existen empresas que han sido capaces de desarrollar productos competitivos, aunque no más de un par de soluciones en algunas áreas. Si analizamos todas las plataformas en uso en las fuerzas armadas españolas, menos de la mitad son productos nacionales y todas tienen fuertes dependencias tecnológicas de proveedores extranjeros. Esto implica que una enorme masa monetaria en una industria poco preparada genera grandes sobrecostos, riesgos, retrasos y posiblemente fracasos.
Por ejemplo, el desarrollo del prototipo del B-17 no llegó al millón de dólares, con un coste unitario de 235.000 dólares en 1936. El del B-29 ascendió a 3.000 millones, más que el proyecto Manhattan, con un coste unitario que se inició en 1,4 millones apenas cinco años después. Si bien era mucho más sofisticado, la diferencia es abismal, resultado de la necesidad de agotar enormes presupuestos que representaban más del 50% del PIB de Estados Unidos. Al observar cualquier sistema de armas que se adquiere actualmente en esta guerra mundial por modernizar arsenales, notamos el efecto inflacionario de la enorme cantidad de dinero. Por ejemplo, el Leopardo 2A6 costaba hace diez años menos de 12 millones y el A8 está cerca de los 30 millones.
Si analizan cualquier sistema, verán situaciones similares. Con mucho más dinero no se logra mucha más capacidad y el impacto industrial de cada euro invertido es mucho menor. Si España desea desarrollar una capacidad industrial autónoma y competitiva a nivel internacional, necesita generar ingenieros, formarlos en tecnologías claves y proporcionarles medios, empresas y tiempo. Es más complicado y costoso fichar a un Mbappé en la industria de defensa que en el fútbol. Solo la cantera crea una auténtica y competitiva industria de defensa.
Una empresa urgente para fabricar lo que no produce, necesitará una gran cantidad de dinero para convencer a un potencial tecnólogo de que acepte transferir una licencia de producción, que consiste en planos y un montón de restricciones legales para su uso. Como hay dinero de sobra, todos los de afuera se enriquecerán igual que en el imperio español, donde lo que llegaba a España se dirigía directamente a Europa para pagar desmesuradamente todas las apetencias de una corte ansiosa por los mejores insumos, ejércitos y porcelanas, que aquí no éramos capaces de producir.
Coreanos, americanos y alemanes se llevarán el oro mientras que nosotros solo ponemos las fotos. Cambiaremos potencial tecnología nacional por planos, licencias y copias que adornaremos con espléndidas naves industriales, líneas de montaje y centros de excelencia que justifiquen el aluvión. Comparen los presupuestos en un sistema que adquiriremos con los contratos internacionales firmados para las mismas plataformas o competencias en los últimos diez años.
El sobrecoste implica cientos de millones de euros, es el precio de correr y hacer las cosas sin la suficiente maduración ni criterio para no llegar a ningún sitio, más allá de los años de inversión sin medida. Menos dinero y más tiempo, trabajar la cantera, criterio, enfocarse en lo más eficiente, planeación, respeto a la iniciativa privada, apoyo a las PYME, formación profesional, becarios, competencia, defensa, poder militar, disuasión, auditorías de costes, investigación, sueldos, cooperación internacional y libertad de acceso a mercados. Esta es la solución.
(Enrique Navarro. Presidente MQGloNet)
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