Un dron no autorizado voló a casi 500 metros de altura y se cruzó a escasos metros de los aviones de combate F-16 de la Fuerza Aérea de Chile (FACh), en un grave incidente de seguridad aérea. Aunque las autoridades y las Fuerzas Armadas cuentan con protocolos y tecnologías de inhibición, existen razones técnicas, operativas y legales que explican por qué no se logró neutralizar el dispositivo antes o durante su vuelo.
Limitaciones técnicas y geográficas de los inhibidores (Jammers): Una de las principales limitaciones es el peligro de interferencia en zonas urbanas. Los sistemas antidrone más comunes funcionan mediante la inhibición de señales de radiofrecuencia (jammers). Utilizar estos bloqueadores masivos a plena potencia en el centro de Santiago puede interferir gravemente con las frecuencias de telecomunicaciones civiles, señales de emergencia, servicios de salud e incluso con los sistemas de navegación y comunicación de las propias aeronaves militares que sobrevolaban el Parque O’Higgins.
También influyen las zonas ciegas y el alcance. El Parque O’Higgins es un espacio abierto muy amplio. Si el operador del dron se encontraba alejado o si el dispositivo utilizaba tecnologías de salto de frecuencia o preprogramación de vuelo por GPS, que no requieren una conexión constante con el control remoto, los sistemas de interceptación táctica pueden volverse ineficaces o tardar en rastrear el origen exacto.
Los sistemas de defensa no suelen “destruir” el aparato en el aire en eventos civiles, para evitar una caída incontrolada. Un dron perdiendo sustentación desde 500 metros de altura sobre miles de personas concentradas presenciando el desfile representaba un peligro directo de lesiones graves o desenlaces fatales en tierra. El protocolo regular prioriza la identificación del piloto o forzar un aterrizaje controlado, lo cual es complejo si el dron ya alcanzó una altitud crítica.
El uso de drones comerciales está estrictamente prohibido en eventos masivos y sobre áreas restringidas bajo la normativa DAN 151 de la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC). Las autoridades suelen confiar en que el marco regulatorio disuadirá a los usuarios civiles. Sin embargo, este incidente demostró que las medidas de fiscalización previa y la responsabilidad individual fallaron ante una acción imprudente aislada.
Situación actual: Actualmente, la DGAC mantiene abierta una investigación penal y administrativa para dar con el responsable de este vuelo ilegal. El hecho ha encendido las alarmas en el Congreso y los ministerios de Defensa e Interior debido al riesgo incalculable de una colisión, o ingesta en los motores, con los aviones de la FACh, lo que habría provocado una catástrofe.
Un dron civil generó un riesgo potencial al invadir ilegalmente el espacio aéreo reservado para las aeronaves de las Fuerzas Armadas, lo que puede provocar una catástrofe aérea inmediata.
Este peligro quedó en evidencia tras un grave incidente de seguridad en la Parada Militar de Santiago, donde un dispositivo recreativo violó radicalmente las normas de la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC).
Los riesgos principales de operar un dron de forma irresponsable en este tipo de eventos masivos se agrupan en las siguientes categorías:
Ingesta en motores: El mayor peligro es que un caza, como los F-16 de la Fuerza Aérea de Chile (FACh), o un helicóptero absorba el dron a través de su turbina. Esto puede causar la falla inmediata del motor y la caída de la aeronave.
Daños estructurales severos: El impacto de un dron a alta velocidad puede trizar los parabrisas de las cabinas de los pilotos o destruir antenas e instrumentos esenciales para la navegación.
Maniobras evasivas peligrosas: Obligar a un piloto militar a esquivar un objeto imprevisto mientras vuela en formaciones cerradas y a baja altura multiplica el riesgo de colisión entre los mismos aviones del desfile.
Tecnologías de interferencia (anti-dron) que utilizan las Fuerzas Armadas para neutralizar estas amenazas: Para hacer frente al peligro que representan los drones civiles y hostiles, las Fuerzas Armadas de Chile y las policías han incorporado sistemas avanzados de tecnología contra drones (C-UAS). Estas herramientas no buscan “derribar” el aparato de forma convencional, lo que sería peligroso en zonas urbanas como el Parque O’Higgins, sino neutralizarlo a través de la guerra electrónica.
La defensa contra drones opera bajo una estrategia de capas técnicas.
1. Detección y Seguimiento (Saber que está ahí): Antes de apagar un dron, hay que encontrarlo. El espacio aéreo de grandes eventos en Chile se blinda con sistemas fijos y móviles como el sistema CROW, que integran:
Radares de corto alcance: Diseñados específicamente para captar objetos pequeños y que vuelan a baja velocidad, algo que los radares comerciales normales ignoran.
Sensores de radiofrecuencia (RF): Escanean las bandas de transmisión de datos para interceptar las frecuencias del control remoto antes de que el dron sea visible.
Cámaras electro-ópticas e infrarrojas: Permiten confirmar visualmente el tipo de dron y seguir su trayectoria en tiempo real.
2. Inhibición por Radiofrecuencia (Jamming): Es la tecnología más común y la que usualmente portan las unidades tácticas a pie. Consiste en proyectar energía electromagnética hacia el dron para saturar sus antenas.
Pistolas / Fusiles Anti-Dron: Son dispositivos portátiles con forma de rifle futurista que un soldado apunta hacia el dron. Al gatillar, cortan instantáneamente las frecuencias de comunicación comunes, como las bandas de 2,4 GHz y 5,8 GHz. El dron pierde el contacto con su piloto en tierra y activa automáticamente su protocolo de emergencia, normalmente aterrizar verticalmente de inmediato o regresar al punto de inicio.
Con Información de revistaseguridad.cl
