Es altamente probable que, en el lío de negociaciones por la paz en el conflicto de agresión de Rusia sobre Ucrania, estemos pasando por alto la dirección que el Presidente Putin estableció en la navegación de su nación desde la Conferencia de Múnich de 2007.
Numerosos analistas, incluidos varios españoles, han señalado la trayectoria que estaba tomando Rusia bajo el liderazgo de Putin, recuperando sus esencias latentes que se habían perdido en el devastador final de la Guerra Fría, donde Estados Unidos «presumía», a través de sus académicos más destacados de Harvard, de haber salido victorioso de aquella guerra sin batallas, en la que la disuasión nuclear logró, afortunadamente, evitar las sangrientas consecuencias que ahora son evidentes en Europa.
El antiguo Imperio ruso, transformado en imperio comunista, siempre con ansias de expansión en pro de su «complejo de seguridad», siguió el mismo patrón, con el añadido de que sus conquistas debían aceptar la ideología de sus nuevos gobernantes, lo que generó catástrofes humanitarias tan graves como el nazismo.
Cuando vimos al Ministro de Asuntos Exteriores Lavrov asistir a la Cumbre Trump/Putin, con su camisa evocando a la ex Unión Soviética, el mensaje fue inequívoco, y el resultado de la reunión en Alaska, comprensible; los rusos no desean finalizar lo que iniciaron en febrero de 2022 con la invasión a Ucrania, no buscan la paz de todos los involucrados, desean su propia paz, impuesta por la fuerza.
Putin no llevaba en Alaska ningún símbolo de la ex URSS, como su Ministro de Exteriores, ya que no lo necesitaba; un KGB formado en la época más intensa del comunismo está para siempre moldeado por la praxis del imperio, y es difícil que cambie, especialmente si ha tenido contacto con aliados en Alemania Oriental, como la Stasi; el legendario KGB controlaba todos los servicios de inteligencia de los países ocupados, «las democracias populares»; el apego a la Iglesia ortodoxa rusa es una adición necesaria para los nuevos tiempos, al igual que la religión fue para Napoleón, para cohesionar a los franceses en momentos delicados.
En Múnich, en 2007, Putin lanzó su mensaje sobre la nueva Rusia, de Rusia Unida, su partido de apoyo, recuperando lo perdido. Un nuevo orden internacional que pusiera fin a la unipolaridad estadounidense en el mundo y devolviera la multipolaridad con aliados poderosos, como China y el Sur Global, en los BRICS, y posiblemente en una futura reconversión de África francófona y anglosajona hacia un control ruso.
En este proceso, la relación Putin-Trump parece estar beneficiando al líder centroeuropeo, dada la naturaleza volátil y reactiva del Presidente estadounidense, capaz de ofrecer una recepción de Jefe de Estado en Alaska a alguien investigado por la Corte Penal Internacional, para luego amenazarlo con severas sanciones, o alentar a Zelenski a atacar con dureza a Rusia. Con una depreciación de Europa ante Estados Unidos, deteriorando el vínculo transatlántico, el Presidente ruso encuentra facilidades para alcanzar sus objetivos.
La preferencia de Trump, en esas elecciones estadounidenses, por la candidata demócrata Hillary Clinton, y la posible interferencia rusa en esos escrutinios, continuamente investigada por el FBI, ya mostraban un ajuste calculado del líder ruso al nuevo pulso mundial y al nuevo Presidente estadounidense.
En Múnich, Putin también dejó en claro que la doctrina de la ONU, una vez elogiada, podía ser fácilmente violada e interpretada a su modo, anexando Abjasia y Osetia del Sur durante la guerra con Georgia en 2008 y posteriormente Crimea en 2014, sin que la comunidad internacional, incluida España, lo considerara un grave atentado, lo cual fue una concesión a Rusia por la falta de respuesta, contra la Seguridad Nacional y colectiva.
Lo mismo sucedería con el concepto de «seguridad igual» que esgrimen los rusos respecto a la cercanía de la OTAN a sus fronteras; no temen tanto a la necesidad política de los países adherentes a la Organización Atlántica, sino a que las infraestructuras de la Alianza se instalen en los países vecinos; por eso, Putin no acepta, como premisa, la adhesión de Ucrania a la OTAN, y veremos si logra aceptarlo en una Unión Europea reforzada militarmente a través de una política de rearme emprendida.
En Múnich, Putin también habló sobre su rechazo a los sistemas de misiles antimisiles, lo cual es coherente con su intención de evitar una carrera de armamentos, que, evidentemente, fue iniciada por Estados Unidos con los nuevos misiles hipersónicos, violando el olvidado Tratado de Prohibición de Misiles Intermedios INF y debilitando la disuasión nuclear en Europa al reducir significativamente los tiempos de respuesta ante una posible agresión rusa.
Tampoco parece que el líder ruso esté interesado en discutir o negociar nada con los europeos, ni en llevar la paz en Ucrania a la antes preferida por Rusia Organización de Seguridad y Cooperación Europea (OSCE), alegando que ha cambiado y se ha vuelto prácticamente anti rusa.
Finalmente, las relaciones con Irán, que en 2007 eran muy neutrales respecto a la proliferación nuclear persa y alineadas con Occidente, se han transformado en un «aliado» en el contexto de la guerra de Ucrania, proporcionando a Rusia material de guerra, especialmente drones, que son utilizados intensamente contra Kiev.
Se puede concluir que Putin tiene claras sus intenciones sobre el desenlace de la guerra en Ucrania; sus condiciones iniciales son «existenciales» y permanentes, y probablemente inamovibles si la situación económica y social persiste, dado que la militar, táctica y estratégica le favorece lentamente, y el tiempo no juega en contra de la Federación Rusa, sino a favor de Ucrania y del «candidato» al Premio Nobel de la Paz. (Ricardo Martínez Isidoro, General de División (R))
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