Durante más de un siglo, los submarinos han sido una pieza fundamental de la guerra naval, gracias a su capacidad de operar ocultos bajo la superficie. Chile también ha construido una larga tradición submarinista, que abarca desde los primeros intentos del siglo XIX hasta los modernos Scorpène y U-209 que hoy sirven en la Armada. La trayectoria de la Fuerza de Submarinos de Chile incluye hitos destacados y episodios sorprendentes.
¿Qué es un submarino?
El submarino se define tradicionalmente como una embarcación creada para sumergirse y atacar al enemigo sin ser descubierta, siendo el sigilo su principal aliado. Los primeros submarinos operativos datan del siglo XIX, aunque demostraron su verdadero valor en combate durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, conflictos en los que tuvieron un rol protagónico y evolucionaron con rapidez. Esa evolución fue desde pequeños sumergibles como la clase Holland estadounidense de preguerra, hasta las distintas clases de U-Boats alemanes, que causaron grandes estragos a los Aliados en el Atlántico mediante la táctica denominada Wolf Packs, en la que varias unidades de submarinos alemanes atacaban en conjunto los convoyes aliados que transportaban suministros a Inglaterra. El armamento varía según el buque e incluye torpedos, minas, misiles antibuque, misiles de crucero e incluso misiles nucleares de largo alcance.
La historia submarina de Chile nació en el siglo XIX, cuando dos sumergibles marcaron un precedente en la Armada. El primero fue creado por Carlos Flacks, exmarino alemán empleado en los Astilleros Duprat de Valparaíso, quien en 1866, con motivo del bloqueo del puerto de Valparaíso por parte de las fuerzas españolas, diseñó y construyó un submarino de 13 metros de eslora, con casco fusiforme y seis hombres de dotación. La unidad se perdió, sin embargo, por un accidente durante sus pruebas de inmersión. La otra tentativa correspondió a José Huber, relojero suizo residente en Santiago, quien tras demostrar con gran éxito un modelo de submarino de su diseño ofreció el invento a la Armada. Se ordenó construir el casco en la fundición Stricker y Kupfer, de Santiago, pero el buque no despertó el interés de las autoridades navales de la época.
El verdadero inicio de la actual Fuerza de Submarinos llegó en 1917, año en que se izó el pabellón nacional en seis unidades submarinas tipo Holland 602, también conocidas como clase H, con las que se conformó la primera flotilla de submarinos. Sus nombres fueron H1 Guacolda, H2 Tegualda, H3 Rucumilla, H4 Quidora, H5 Fresia y H6 Guale, buques en los que se formaron varias generaciones de submarinistas durante sus treinta años de servicio. Estas unidades llegaron como compensación por los acorazados chilenos que se construían en Inglaterra y que fueron requisados al estallar la Gran Guerra.
Durante la presidencia de Carlos Ibáñez del Campo se adquirieron tres unidades submarinas del tipo O, que prestaron servicios entre 1929 y 1957. Otros submarinos al servicio de la Armada fueron los clase Balao, de origen estadounidense, recibidos a inicios de los años 60 y bautizados como Thomson, ex USS Springer, y Simpson, ex USS Spot. Ambos, veteranos de la Segunda Guerra Mundial, participaron en las acciones contra Japón en el Pacífico y permanecieron en servicio hasta 1981.
Una de las clases más recordadas en Chile fue la Oberon. Sus dos unidades fueron construidas en el Astillero Scott, en Escocia, y su llegada significó un gran adelanto para la Fuerza de Submarinos, ya que incorporaron, entre otras novedades, sonares de muy largo alcance, un avanzado sistema de control de fuego, contramedidas electrónicas, un sistema de snorkel muy eficiente y gran autonomía.
Posteriormente, en los años 80, fueron adquiridos los actuales U-209 1400, Thompson y Simpson, y luego, ya en el nuevo milenio, los reemplazantes de los Oberon: los clase Scorpène, O’Higgins y Carrera, que en la actualidad son los submarinos más modernos en servicio en Latinoamérica.
Con una historia de ya 100 años, la Fuerza de Submarinos no ha estado exenta de anécdotas, dentro de las cuales destacan algunas de las más importantes.
El accidente del H-3 Rucumilla
La primera clase de submarinos al servicio de Chile fue la tipo Holland. Uno de sus buques, el H-3 Rucumilla, se hundió en la bahía de Talcahuano en 1919, y gracias a la sangre fría de su comandante, Arístides del Solar, a la pericia del comandante Errázuriz, del buque ténder Contreras, y a una magnífica actuación del personal de los arsenales, se logró salvar a la tripulación. Al ver sumergirse al buque, el comandante Errázuriz sospechó que algo andaba mal y, junto con dar la alarma, fondeó unos boyarines para señalar la posición del submarino en peligro. Una grúa de 180 toneladas fue trasladada de inmediato al lugar y buzos de la Escuela de Torpedos pasaron cadenas por debajo del casco del submarino hundido. Mientras tanto, el comandante Del Solar había ubicado a la tripulación dentro del compartimiento central del submarino. Al darse cuenta de que no podía aflorar, ahorró sabiamente el aire de los depósitos, lo que permitió la supervivencia de la tripulación.
Como a la una de la tarde la proa del submarino salió a la superficie, levantada por dos grúas, pero en ese mismo momento se cortó una de las cadenas y hubo que bajar nuevamente el buque al fondo del mar. El submarino se encontraba a 16 metros de profundidad, con sus compartimientos de proa y popa llenos de agua, lo que añadía unas 300 toneladas al peso original. Los buzos volvieron al trabajo y se colocaron espías para reforzar las cadenas. Cuando se procedía al segundo intento, se cortó uno de los cordones del cable de acero de la grúa. Fue entonces cuando apareció un marinero que se presentó de voluntario, subió hasta el cable dañado, se amarró a él para no caer y, a sabiendas de que se exponía a una muerte segura en caso de romperse el cable, logró realizar una reparación perfecta. El hombre se llamaba Eucarpio Muñoz. Gracias al esfuerzo de todo el personal y, en especial, de este valiente marinero, se pudo levantar por fin al submarino: a las 5 de la tarde la cubierta del Rucumilla surgió sobre las olas y sus tripulantes pudieron respirar aire libre. Con este salvamento, los submarinos de Chile dieron una lección a todas las marinas del mundo.
Este mismo submarino tendría participación en las acciones de 1931. Durante la Sublevación de la Escuadra de Chile de ese año, el Rucumilla fue utilizado por un grupo de oficiales leales al Gobierno, quienes asumieron su control y lo tripularon con la intención de atacar a los buques que permanecían amotinados. La operación, sin embargo, no tuvo éxito. En las cercanías de la isla Quiriquina fue atacado por el minador Colo Colo, que intentó embestirlo, y poco después el submarino estuvo a punto de embarrancar al aproximarse peligrosamente a la desembocadura del río Biobío.
«El secreto del submarino»
Otra anécdota, conocida como «El secreto del submarino», no atañe a la Fuerza de Submarinos como tal, sino a dos contactos submarinos desconocidos detectados por buques de superficie de la Escuadra nacional en 1976. El episodio ocurrió el 10 de septiembre de ese año en Valparaíso, cuando, al poco de iniciar su viaje hacia Talcahuano, el sonar del destructor Portales advirtió algo inusual en la bahía: un eco metálico, una vibración inesperada que hizo presumir que un submarino rondaba los alrededores. Pocos minutos después, la sospecha fue confirmada por otras naves chilenas. A ello se sumó la detección, por parte de los buques Cochrane y Serrano, de un segundo objeto subacuático. Ninguno de los dos era chileno.
Informado de la situación, el almirante José Toribio Merino ordenó la cacería, lo que provocó un verdadero espectáculo en la bahía de Valparaíso, ya que las explosiones y las torres de agua de más de 10 metros que levantaban las cargas submarinas no pasaron desapercibidas para nadie. El episodio se enmarca en el contexto de la participación de Chile en las operaciones UNITAS de 1976.
El incidente fue ocultado por la Armada con el argumento de que dichas acciones correspondían a faenas propias del ejercicio; sin embargo, la cantidad de material desplegado y el gran número de cargas hicieron dudar de esa explicación oficial. Con el paso de los años, nuevos datos salieron a la luz y se ha sabido que los contactos correspondían a dos submarinos: uno de propulsión nuclear, que habría logrado escapar debido a su mayor velocidad, y uno convencional diésel-eléctrico, que habría sido hundido por los buques de la Armada. Las sospechas apuntan a dos hipótesis: que se trataría de submarinos soviéticos que habrían estado espiando las acciones navales estadounidenses, o que se trataría de un submarino peruano. Según la investigación de Daniel Avendaño y Mauricio Palma, recogida en su obra «El secreto del submarino», el buque atacado sería una unidad soviética, pero con algunos oficiales peruanos a bordo, que servirían de guías. No obstante, mientras no se realice una prospección submarina, jamás se sabrá la verdad.
Entre los episodios de los 100 años de la Fuerza de Submarinos, destaca por ser de los más estremecedores e importantes el que vivió el SS Simpson, de la clase Balao, al realizar una patrulla de guerra real.
Hacia 1978, Chile vivía una situación de preguerra con Argentina. Para ese año, la Fuerza de Submarinos estaba dotada de tres unidades: los dos modernos submarinos clase Oberon de reciente adquisición y el veterano Simpson de la clase Balao, que databa de la Segunda Guerra Mundial. El destino quiso que este fuera el único submarino operativo chileno que prestaría servicio en los canales australes en caso de iniciarse las acciones bélicas.
El buque zarpó de Valparaíso junto al Hyatt, de la clase Oberon, pero este último debió volver a puerto por una avería mecánica. El otro submarino clase Oberon de Chile, el SS O’Brien, se encontraba en dique. Así, el viejo Simpson continuó solo su derrotero al sur bajo el mando del comandante Scheihing, quien junto a su tripulación efectuó una patrulla de guerra. El 20 de diciembre de 1978, en vísperas del estallido del conflicto, recibió la siguiente orden:
«Impedir por las armas cualquier intento de desembarco en tierra chilena».
Ante esto, el comandante dirigió a su tripulación la siguiente arenga:
«Se trata de una orden de combate de ejecución inmediata, debemos defender la soberanía nacional en esta parte de nuestro territorio con todos los medios que disponemos». «Esto significa que estamos viviendo a partir de este instante una situación de guerra con Argentina. Como todos sabemos, es posible que nos hundan, pero me comprometo con ustedes a que antes que eso suceda, a lo menos, nos llevaremos a dos de ellos».
Pasaron algunos momentos de silencio y luego se escuchó un rugido en todo el submarino:
«¡Viva Chile, mierda!», exclamó al unísono la tripulación.
Mientras que el oficial de armamentos dijo:
«Tubos cargados e inundados», dando a entender que el buque estaba listo para el combate.
Finalmente, mientras el submarino se encontraba en faenas de reparaciones de emergencia, llegó un helicóptero naval que trajo la noticia de que las acciones diplomáticas habían llegado a buen puerto. De esa manera, afortunadamente, el conflicto jamás llegó a estallar. Sin embargo, la Fuerza de Submarinos dijo presente cuando la patria lo demandó.
«Un submarino de película»
El mismo Simpson que defendió la soberanía nacional llevó a cabo una curiosa misión en 1979, cuando, al mando de su comandante Juan Carlos Toledo de la Maza, fijó rumbo a la Antártica para protagonizar la película Virus, estrenada en 1980 y dirigida por el japonés Kinji Fukasaku. En ella interpretó a un submarino nuclear inglés que navegaba en un ambiente apocalíptico de una Tierra prácticamente deshabitada tras la liberación accidental de un arma biológica. En el mismo filme también hizo el papel de un submarino soviético que quería desembarcar en la Antártida.
Este hecho anecdótico dejó como registro maravillosas tomas del buque en los hielos antárticos, un verdadero privilegio poco antes de la baja de tan noble buque.
Submarino Cocodrile
Dentro de las historias más contemporáneas se encuentra la del submarino clase Cocodrile, primer submarino moderno de diseño nacional.
El buque fue diseñado por un equipo liderado por el ingeniero David Costa y corresponde a un pequeño submarino de 250 toneladas en inmersión. Costa aprendió a hacer submarinos como gerente general de un astillero italiano que construía submarinos midget, como los SX-506 COSMOS, que prestaron largos años de servicio en la Armada Colombiana. El buque es considerado un diseño bastante interesante; sin embargo, no ha contado con el necesario apoyo estatal para su construcción, quedando solo en fase de diseño. Se trata de una pérdida, dado que podría haber sido el primer paso para lograr autonomía en la construcción de submarinos.
La Fuerza de Submarinos en la actualidad y su proyección hacia el futuro
Actualmente, la Fuerza de Submarinos está conformada por cuatro unidades: dos U-209 1400 que datan de mediados de los años 80, el SS Simpson y el SS Thompson, y los modernos submarinos clase Scorpène, SS O’Higgins y SS Carrera, adquiridos a inicios del presente siglo. Estos buques conforman una de las más modernas flotillas de submarinos del continente, integrando modernos sistemas de armas como los torpedos italianos Black Shark y los misiles submarino-superficie SM-39 Exocet, que le confieren la capacidad de atacar unidades de superficie mediante misiles.
Los U-209 1400 están en la etapa final de su vida operativa, por lo que se espera que sean reemplazados a mediados de la próxima década. Aún no está claro qué clase de submarinos serían los elegidos. En los últimos años, sin embargo, han comenzado a aparecer nuevas alternativas que podrían ser consideradas por Chile. Por un lado está la opción francesa, que implicaría adquirir más Scorpène, obviamente dotados de tecnología más moderna que los actuales, y por otro lado la opción alemana, que ofrece los U-214. A estas alternativas se suma una opción surcoreana que ha comenzado a cobrar relevancia, correspondiente al Ocean 2000 de Hanwha Ocean, plataforma que ha sido presentada como una posible candidata para el reemplazo de los U-209 chilenos. De esta manera, el futuro proceso de renovación podría considerar alternativas francesas, alemanas y surcoreanas, dependiendo de los requerimientos que finalmente establezca la Armada de Chile.
Más allá de cuál sea la opción elegida, una cosa es segura: los submarinos seguirán teniendo un rol preponderante en la defensa de la soberanía nacional, tal como lo han venido haciendo durante más de 100 años.
Fuentes bibliográficas
Buques de guerra, H. T. Lenton, Editorial Bruguera, Barcelona, 1970.
Breve historia naval de Chile, Carlos López Urrutia, Editorial Francisco de Aguirre, Buenos Aires, 1976.
El secreto del submarino, la historia mejor guardada de la Armada de Chile, Daniel Avendaño Caneo y Mauricio Palma Zárate, Ediciones B, Santiago de Chile, 2016.
La Escuadra en acción, Patricia Arancibia Clavel y Francisco Bulnes Serrano, Editorial Random House Mondadori, Santiago, 2004.
1978, el año más dramático del siglo, Chile frente a la amenaza de Argentina, Germán Bravo Valdivieso, Ediciones Altazor, Valparaíso, 2015.
Fuentes web
El Snorkel, «Reseña de la historia de los submarinos».
Por Prócer Chileno
Con Información de latrinchera.cl
