domingo, 11 de octubre de 2026
Defensa

Chile se enfrenta al dilema de la próxima generación

¿Sigue siendo suficiente la fuerza que sostiene nuestra disuasión? Esa es la interrogante que plantea este análisis en torno al futuro de la capacidad aérea de Chile.

Antes de entrar en materia, conviene repasar las principales siglas que aparecen en el texto, con el propósito de facilitar la lectura de quienes no están familiarizados con la terminología aeronáutica y militar.

BVR: Beyond Visual Range, más allá del alcance visual.
CAP: Combat Air Patrol, patrulla aérea de combate.
CEEA: Centro de Estudios Estratégicos y Aeroespaciales.
FACh: Fuerza Aérea de Chile.
FAP: Fuerza Aérea del Perú.
GAV: General de Aviación.
IA: Inteligencia Artificial.
MLU: Mid-Life Update, modernización de media vida.
OODA: Observe, Orient, Decide, Act, observar, orientar, decidir y actuar.
O(IA)A: formulación empleada por el GAV Larraechea para representar la incorporación de la IA en el ciclo OODA.

La Política de Defensa Nacional de 2020 define la disuasión como uno de los pilares de la defensa de la soberanía y la integridad territorial, sustentada en una capacidad militar efectiva, en la presencia y el despliegue en zonas estratégicas, en la respuesta rápida y en medios capaces de neutralizar una agresión. Entre sus desafíos figura mantener una fuerza que entregue superioridad operacional suficiente para producir ese efecto disuasivo, respaldada por inteligencia, sensores, mando y control, sostenimiento y una estructura de fuerzas coherente con la geografía del país. Chile posee una longitud excepcional, escasa profundidad territorial en buena parte de su extensión y zonas geográficas muy distintas entre sí, condiciones que pesan de manera directa sobre el despliegue, la distribución y el empleo de sus fuerzas.

Seis años después de su publicación, la propia política contempla que las condiciones bajo las cuales fue formulada pueden modificarse. Las capacidades que el país necesita dependen del entorno de seguridad, de los posibles escenarios de empleo y de los recursos disponibles. Un cambio del entorno estratégico que afecte la seguridad nacional obliga a reevaluar los riesgos y puede conducir a adaptar los medios, modificar la estrategia o revisar los objetivos trazados. La estructura de fuerzas responde a esas condiciones y debe evolucionar junto con ellas. Las capacidades existentes constituyen un activo, pero pueden ser reemplazadas cuando otras soluciones cumplen mejor los requerimientos o surgen desafíos que exigen desarrollar medios distintos. El criterio de la Política de Defensa es la preservación y el desarrollo de las capacidades que el país requiere, por sobre la permanencia de plataformas determinadas.

Desde 2020 el entorno regional ha cambiado y seguirá evolucionando durante los próximos veinte o treinta años. La Fuerza Aérea de Chile mantiene alrededor de 46 F-16: diez Block 50 adquiridos nuevos y 36 MLU comprados usados a Países Bajos, junto con alerta temprana aerotransportada, reabastecimiento en vuelo, radares terrestres, enlaces de datos, armamento BVR y una estructura de mando y control levantada a lo largo de décadas. Los diez Block 50 comenzaron a llegar en 2006 y acumularán cerca de treinta años de servicio hacia 2035. Su vida estructural dependerá de las horas voladas, los ciclos de vuelo, el mantenimiento y el estado de cada célula, aunque su edad cronológica obliga a incorporarlos plenamente a la planificación de renovación del período 2035-2050. Los MLU plantean una situación más inmediata por la antigüedad de sus células y en la próxima década deberán tomarse decisiones sobre extensión de vida, modernización o reemplazo.

Alrededor de Chile también se está reconstruyendo capacidad aérea. Perú avanza en la incorporación de un segundo lote de cazas F-16 Block 70 nuevos, pese a que hasta el mismo día del anuncio algunos sectores ubicaban al Rafale francés como favorito de la FAP. Argentina, entretanto, ya recibió los otros seis aparatos y completó así 12 de los 24 F-16 MLU adquiridos a Dinamarca mediante el proceso denominado Pace Condor. Estas compras tienen implicancias que van más allá de comparar inventarios con los 46 F-16 chilenos. El Block 70 incorpora radar AESA, nueva aviónica, sistemas de guerra electrónica y una célula con décadas de vida por delante, en tanto los F-16 argentinos recuperan una capacidad supersónica que se mantuvo ausente durante años. En la próxima década, la salida progresiva de los MLU chilenos puede coincidir con la renovación de las flotas vecinas, lo que insta a revisar si la estructura de fuerza que sustentó una determinada relación de capacidades regionales podrá conservar el mismo efecto disuasivo en las décadas siguientes.

En La Trinchera CHILE® se ha conversado con varios generales de distintas fuerzas aéreas y de esas entrevistas se han recogido experiencias, conceptos y lecturas que ayudan a comprender mejor estos temas. Uno de ellos fue Martín Lon Blanco, piloto de Mirage III, Mirage V y F-16, con experiencia de vuelo en la U.S. Navy, quien recomendó Airpower Reborn (El renacer del poder aéreo), obra editada por John Andreas Olsen. En uno de sus capítulos, Robert Faber se dedica a la planificación de las campañas aéreas y propone una secuencia bastante lógica: definir el resultado deseado, identificar las capacidades disponibles, seleccionar una estrategia, determinar los objetivos sobre los cuales actuar, establecer los efectos que se espera producir y resolver el momento y la secuencia para emplear los medios. Alan Stephens, especialista australiano en poder aéreo y uno de los autores del libro, aborda la estrategia a través de la relación entre fines, modos y medios, es decir, objetivos claros y realistas, formas factibles de alcanzarlos y medios adecuados y sostenibles. La necesidad de fijar objetivos realistas ha sido un concepto recurrente del general Griffiths en sus entrevistas con La Trinchera CHILE®, sobre todo al tratar el vínculo entre los objetivos perseguidos y las capacidades reales disponibles para alcanzarlos. La tecnología ocupa su lugar dentro de esa planificación: el stealth, las armas de precisión y las capacidades stand-off transformaron el poder aéreo moderno junto con los cambios doctrinarios, la planificación y las nuevas formas de empleo.

Formación integrada por un KC-135E y dos F-16 de la Fuerza Aérea de Chile junto a un F-35A Lightning II de la USAF durante FIDAE 2026. (Foto: Luis Quintana / Gaceta Aeronáutica)

La quinta generación complica cualquier cálculo basado en números. Stephens sostiene que la combinación de baja observabilidad, fusión de sistemas y una capacidad avanzada para detectar, identificar, seguir y atacar objetivos a grandes distancias ha modificado conceptos tradicionales como masa, velocidad, maniobra y conciencia situacional. Sensores, comunicaciones, enlaces de datos y armas de precisión han hecho posible concentrar poder de combate sin reunir físicamente todas las plataformas en un mismo lugar. De allí surge la idea de massed effects: producir en el punto decisivo una concentración de efectos que antes habría requerido una cantidad mayor de fuerzas. El tiempo adquiere en ese esquema un valor comparable al de la información, dado que detectar antes solo resulta útil si esa información puede procesarse, convertirse en una decisión y trasladarse con rapidez a la acción.

La guerra aérea entre India y Pakistán de mayo de 2025 ofrece un caso reciente para observar esa diferencia. Según la reconstrucción de Tom Cooper, Sanjai Badri-Maharaj y otros autores en 88-Hours War, Pakistán enfrentó a una fuerza india numéricamente superior sin intentar igualarla de manera uniforme en todo el dispositivo. Concentró una parte importante de sus cazas en el sector donde esperaba el enfrentamiento principal y los integró con alerta temprana aerotransportada, sensores terrestres y armamento BVR de largo alcance. La pérdida de al menos un Rafale en los combates del 7 de mayo mostró el problema que puede afrontar una fuerza mayor cuando su adversario logra reunir información, plataformas y armas en el punto escogido. Los lanzamientos pakistaníes obligaron a las formaciones indias a reaccionar mientras ejecutaban sus propias misiones, afectando su libertad para desarrollar el plan original. Pakistán demostró que una fuerza inferior en número puede producir temporalmente una concentración de efectos muy superior a lo que sugeriría una comparación simple de inventarios.

Días atrás se realizó el webinar Ucrania, una visión estratégica aérea y experiencias en el terreno, organizado por el Centro de Estudios Estratégicos y Aeroespaciales de la FACh (CEEA), Pucará Defensa y la Academia de Guerra Aérea. En la exposición, el GAV (R) Maximiliano Larraechea abordó la reducción del ciclo OODA y la sintetizó como O(IA)A, al emplear inteligencia artificial para acelerar la orientación y la decisión, y actuar. La idea guarda relación con lo planteado por Stephens: una fuerza capaz de recoger información, procesarla y transformarla rápidamente en acción puede elevar el ritmo de sus operaciones y recortar el tiempo disponible para la respuesta del adversario. Sensores, enlaces de datos, inteligencia artificial y armas de mayor alcance pueden acortar considerablemente ese proceso y ampliar los efectos que produce cada plataforma. Esa ventaja, sin embargo, debe convivir en el caso chileno con una condición geográfica que la tecnología no resuelve por completo: el país necesita concentrar poder de combate cuando sea necesario, pero también mantener presencia en áreas separadas por miles de kilómetros.

Chile enfrenta al mismo tiempo el problema inverso: concentrar efectos en un sector no permite sostener presencia simultánea sobre un territorio de más de 4.000 kilómetros.

La Política de Defensa reconoce de manera expresa la importancia del despliegue territorial, la presencia de fuerzas en distintas áreas geográficas, la infraestructura y la logística distribuidas y la capacidad de reforzar zonas de interés. También exige sostenibilidad para mantener fuerzas durante períodos prolongados y en áreas distantes. Un caza extraordinariamente capaz desplegado en el norte sigue siendo un avión que no está al mismo tiempo en la zona central ni en Magallanes. La futura fuerza aérea deberá resolver por ello dos exigencias distintas: masa física para sostener presencia, rotaciones y disponibilidad a lo largo del territorio, y masa de efectos para concentrar superioridad en el lugar y momento decisivos.

La combinación de F-16 Block 70 y F-35 responde a necesidades diferentes dentro de esa futura fuerza. Una docena de F-35 aportaría capacidad para obtener y distribuir información, operar en ambientes de mayor amenaza y facilitar la acción de otras plataformas, aunque su número impondría límites evidentes para mantener CAP, alerta, interceptación, escolta, entrenamiento y reserva en distintos puntos del país durante períodos prolongados. Los Block 70 cubrirían una parte importante de esa demanda de presencia y de generación de salidas. Una incorporación reducida permitiría modernizar una fracción de la flota, si bien la salida progresiva de los MLU podría disminuir de forma considerable la masa disponible. Una cantidad mayor de Block 70 entregaría más margen para rotaciones, mantenimiento, entrenamiento, reserva y operaciones sostenidas. El componente de quinta generación quedaría concentrado en las misiones donde la baja observabilidad, la fusión de sensores y la supervivencia entreguen una ventaja operacional que el F-16 evidentemente no puede proporcionar.

Una estructura mixta para las próximas décadas combinaría los Block 50, que podrían seguir prestando servicio mientras su condición estructural y su costo de sostenimiento lo permitan; los Block 70, que reemplazarían progresivamente una parte sustancial de los MLU y conservarían el volumen necesario para las misiones cotidianas y sostenidas; y un núcleo de quinta generación, que asumiría las tareas donde la baja observabilidad, la fusión de sensores y la supervivencia produzcan una ventaja difícil de replicar con otras plataformas. Sentry, tanqueros, radares terrestres, enlaces de datos, guerra electrónica y armamento de largo alcance completarían una arquitectura en la que cada elemento aumenta el rendimiento de los demás. Dado que la Política de Defensa define la superioridad operacional en términos de iniciativa, libertad de acción y empleo sincronizado de fuerzas en múltiples dimensiones, una estructura semejante debería evaluarse por los efectos que puede generar como sistema y no por las características particulares de cada avión.

La cuestión para Chile puede plantearse entonces como una revisión de la relación entre fines, formas y medios, más que como un abandono de la política seguida hasta ahora. El fin continúa siendo reconocible: disuadir una agresión y conservar una capacidad militar suficiente para defender la soberanía, la integridad territorial y la independencia política. La geografía tampoco ha cambiado. Lo que está cambiando es la edad de la fuerza propia, las capacidades disponibles en el entorno regional y la tecnología que determina cuánto puede hacer cada plataforma dentro de una red de combate. Mantener la política de disuasión puede exigir precisamente cambiar los medios con los cuales esa disuasión fue construida.

La planificación 2035-2050 debería determinar cuántas patrullas deben mantenerse simultáneamente, qué áreas deben cubrirse, cuánto tiempo puede sostenerse ese dispositivo, qué reserva resulta aceptable, qué disponibilidad puede esperarse y qué efectos necesita producir la fuerza frente a un adversario moderno. Esos requerimientos permitirán dimensionar la masa física, la capacidad de concentrar efectos mediante sensores, redes y quinta generación, y la combinación de plataformas necesaria para sostener ambas. El reemplazo del F-16 MLU forma parte de una decisión bastante mayor: definir la estructura de fuerza que permita sostener la disuasión aérea chilena durante las próximas tres décadas.

Continúa…

Javier – La Trinchera CHILE®

Con Información de latrinchera.cl

Editor

Redacción.

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