En febrero de 2025 se advirtió sobre una dimensión poco visible del enfrentamiento entre Rusia y Occidente: la vulnerabilidad de los cables submarinos que conectan Europa y constituyen una parte esencial de la infraestructura digital mundial. Casi dos años después, aquella preocupación dejó de ser una hipótesis periférica.
Esta semana se han registrado al menos dos eventos que expusieron en Uruguay desde una perspectiva académica y periodística este tema.
Los cables submarinos transportan más del 99 % del tráfico internacional de datos. Por ellos circulan comunicaciones gubernamentales, operaciones financieras, servicios cloud, información empresarial, tráfico asociado a sistemas militares y buena parte de la actividad cotidiana de las sociedades digitalizadas. La Unión Internacional de Telecomunicaciones los considera ya infraestructura crítica para el funcionamiento de la economía digital global.
El cambio fundamental no está solamente en su importancia, sino en la evolución de la amenaza.
Los incidentes registrados desde 2024 en el Báltico, la actividad de embarcaciones vinculadas con Rusia, la denominada shadow fleet, las operaciones de vigilancia atribuidas a buques especializados como el Yantar, y la creciente respuesta de la OTAN y de la Unión Europea han convertido el lecho marino en un nuevo espacio de competencia estratégica.
Ya no se trata solamente de submarinos cortando cables. Se habla de inteligencia, cartografía submarina, buques mercantes, drones, sensores acústicos, inteligencia artificial, ciberguerra, operaciones encubiertas, empresas tecnológicas privadas, constelaciones satelitales y acciones suficientemente ambiguas como para dificultar la atribución y evitar una respuesta militar convencional.
El 25 de diciembre de 2024, el cable eléctrico Estlink 2, entre Finlandia y Estonia, resultó dañado junto con varias conexiones de telecomunicaciones. Las autoridades finlandesas investigaron al petrolero Eagle S, registrado en las Islas Cook y considerado por Helsinki parte de la flota utilizada para transportar petróleo ruso eludiendo sanciones. La investigación determinó que el buque habría arrastrado su ancla durante decenas de kilómetros sobre el fondo marino.
Sin embargo, el desarrollo judicial posterior mostró uno de los problemas fundamentales de esta nueva confrontación. En octubre de 2025, un tribunal finlandés desestimó el proceso contra tres oficiales del buque por considerar que carecía de jurisdicción sobre los hechos ocurridos en aguas internacionales. Tampoco pudo establecerse judicialmente una operación deliberada de sabotaje.
Un cable puede ser destruido y el responsable material puede ser identificado. Sin embargo, puede resultar extremadamente difícil demostrar quién ordenó la acción, cuál era su intención y qué Estado estaba detrás de ella. Esta incertidumbre constituye precisamente uno de los mayores atractivos de las operaciones en zona gris.
El fenómeno tampoco terminó con el Eagle S. A finales de diciembre de 2025, Finlandia volvió a investigar daños producidos sobre cables de telecomunicaciones en el Golfo de Finlandia. El carguero Fitburg, que navegaba desde San Petersburgo hacia Haifa, fue interceptado después de que su ancla aparentemente fuera arrastrada sobre el fondo marino. Los cables afectados pertenecían a la empresa finlandesa Elisa y a Arelion Finland. En 2026 la investigación identificó cuatro sospechosos y remitió el caso a la fiscalía. Nuevamente aparece el mismo problema: accidente, negligencia, sabotaje o acción encubierta. Esa ambigüedad no es secundaria, es parte del problema estratégico.
El buque ruso Yantar se ha convertido en uno de los símbolos de esta competencia submarina. En enero de 2025, el secretario de Defensa británico John Healey afirmó ante el Parlamento que el Yantar era un buque ruso utilizado para recopilar inteligencia y cartografiar infraestructura submarina crítica británica. La Royal Navy llegó incluso a desplegar un submarino cerca del buque para hacer evidente que sus movimientos estaban siendo vigilados. Investigaciones posteriores mostraron un patrón más amplio de operaciones rusas alrededor de nodos críticos de infraestructura submarina europea. El Yantar dispone además de capacidades para operar vehículos submarinos capaces de observar instalaciones situadas a grandes profundidades.
La magnitud del problema resulta difícil de comprender porque Internet suele imaginarse como una infraestructura esencialmente inalámbrica. No lo es. La nube también tiene geografía. Y esa geografía atraviesa los océanos. Los cables submarinos transportan más del 99 % de los datos internacionales. La OTAN ha señalado que alrededor de 1,3 millones de kilómetros de cables soportan aproximadamente 10 billones de dólares diarios en transacciones financieras.
Por ellos circulan comunicaciones financieras, tráfico bancario, servicios gubernamentales, operaciones empresariales, videoconferencias, plataformas digitales, servicios cloud, comunicaciones diplomáticas, datos vinculados a sistemas de defensa y crecientemente enormes cantidades de información utilizada para inteligencia artificial.
El cable submarino ya no es simplemente una infraestructura de telecomunicaciones. Es infraestructura de poder.
Históricamente, los grandes cables internacionales eran construidos fundamentalmente por consorcios de empresas nacionales de telecomunicaciones. Eso cambió. Los gigantes tecnológicos comenzaron primero comprando capacidad y posteriormente financiando, participando o construyendo directamente sus propios sistemas submarinos. Entre los actores más importantes aparecen Google, Meta, Microsoft y Amazon, junto con operadores tradicionales de telecomunicaciones y consorcios internacionales.
TeleGeography registra ya más de 60 sistemas submarinos con inversiones públicamente conocidas de grandes proveedores de contenidos y cloud. Más significativo todavía: en 2024, las redes de contenido y cloud representaban casi tres cuartas partes de la demanda mundial de ancho de banda internacional, y en las grandes rutas transatlánticas, transpacíficas e intraasiáticas su participación alcanzaba al menos el 80 %.
Esto modifica profundamente el concepto clásico de infraestructura estratégica. Una parte fundamental de las comunicaciones mundiales ya no depende exclusivamente de Estados. Depende de corporaciones. Y por tanto la seguridad internacional comienza a requerir una relación permanente entre Estados, Fuerzas Armadas, servicios de inteligencia, operadores de telecomunicaciones, empresas cloud, propietarios de cables, compañías de reparación y empresas satelitales.
Sería analíticamente incorrecto atribuir cada cable roto a una operación hostil. Los cables submarinos sufren históricamente daños provocados por anclas, pesca, actividad marítima, terremotos, deslizamientos submarinos y otros fenómenos naturales. Precisamente por eso el escenario resulta ideal para las operaciones encubiertas. Un actor hostil puede intentar hacer que una acción deliberada parezca un accidente perfectamente plausible. El problema central no es solamente la vulnerabilidad. Es la atribución. Y esa dificultad permite operar debajo del umbral que normalmente justificaría una respuesta militar.
En enero de 2025, la OTAN lanzó Baltic Sentry, una actividad multidominio destinada a reforzar la protección de infraestructura submarina crítica en el mar Báltico. Incluye fragatas, aeronaves de patrulla marítima y vehículos navales no tripulados, además de la integración de sistemas nacionales de vigilancia.
La Unión Europea desarrolló paralelamente un Action Plan on Cable Security basado en cuatro dimensiones: prevención, detección, respuesta y recuperación, y disuasión. El plan incorpora sensores submarinos, drones aéreos, de superficie y submarinos, vigilancia regional integrada, cooperación con operadores privados, capacidad adicional de reparación y medidas contra embarcaciones vinculadas con flotas utilizadas para evadir sanciones.
En febrero de 2026, la Comisión Europea avanzó además con una Submarine Cable Security Toolbox, consolidando el cambio de paradigma: los cables dejaron de ser considerados únicamente infraestructura comercial y comenzaron a integrarse explícitamente dentro de la arquitectura europea de seguridad y resiliencia.
Reino Unido está desarrollando además Atlantic Bastion, un programa destinado a reforzar la vigilancia submarina en el Atlántico Norte. Estamos entrando así en algo parecido a una red submarina persistente de inteligencia, vigilancia y reconocimiento. El océano profundo está dejando de ser completamente opaco.
La fibra óptica puede utilizarse mediante tecnologías como Distributed Acoustic Sensing para detectar vibraciones producidas por embarcaciones y actividad submarina. Investigaciones publicadas en 2026 muestran experimentos capaces de utilizar segmentos de fibra submarina para detectar y estimar la distancia de buques respecto del cable. La consecuencia estratégica es extraordinaria. El cable que debe ser protegido puede convertirse también en sensor de aquello que intenta aproximarse a él. La infraestructura pasa entonces de ser pasiva a convertirse potencialmente en una red distribuida de vigilancia submarina.
La guerra híbrida ya no es nueva. Lo que está ocurriendo es su maduración y expansión. El concepto popularizado por Frank Hoffman describía la combinación de capacidades convencionales, operaciones irregulares, terrorismo, coerción y criminalidad. Dos décadas después deben agregarse nuevas capas. Por eso quizás resulte insuficiente hablar solamente de guerra híbrida. Se está frente a una convergencia multidominio del conflicto.
La guerra ya no ocurre exclusivamente donde están los soldados. Puede ocurrir simultáneamente: en el fondo del océano, en una red informática, en una plataforma social, en un satélite, en un puerto, en un centro financiero, en una cadena logística, en un cable de fibra óptica y en la percepción de una sociedad.
Se propone introducir un concepto adicional: Guerra de infraestructura. No pretende sustituir al concepto de guerra híbrida, sino identificar una de sus expresiones contemporáneas más importantes. El objetivo ya no necesariamente consiste en destruir las fuerzas militares del adversario. Puede consistir en degradar progresivamente los sistemas que permiten funcionar al adversario. Energía, telecomunicaciones, puertos, satélites, centros de datos, sistemas financieros, cadenas logísticas, sistemas de navegación y cableado submarino. La infraestructura se transforma así simultáneamente en objetivo, instrumento y escenario del conflicto.
Los cables submarinos no nacieron con Internet. Su historia comienza en 1850, cuando se tendió el primer cable telegráfico entre Gran Bretaña y Francia; en 1858 se logró el primer enlace transatlántico. Un siglo después, TAT-1 en 1956 inauguró la era de la telefonía transatlántica por cable, mientras que TAT-8 en 1988 marcó el salto decisivo hacia la fibra óptica.
Desde entonces, la infraestructura evolucionó desde el transporte de telegramas y llamadas telefónicas hasta convertirse en el soporte físico de Internet, los servicios cloud, las operaciones financieras, los centros de datos y, crecientemente, de la economía asociada a la inteligencia artificial.
Cada sistema atraviesa un ciclo de vida: planificación, fabricación, tendido, operación, ampliación de capacidad, obsolescencia y retiro del servicio. Algunos son reemplazados por nuevas rutas y otros permanecen físicamente sobre el lecho marino aun después de haber dejado de operar.
Un cable no necesita ser sustituido para multiplicar su capacidad. La parte submarina puede permanecer instalada durante décadas mientras se modernizan en tierra los equipos terminales ópticos, los módems coherentes, la modulación y los sistemas de corrección de errores. Esta evolución ha permitido incrementar sustancialmente el tráfico transportado por infraestructuras existentes.
Un ejemplo regional demuestra su magnitud: la modernización de los cables CFX-1 y EWC, que sirven al Caribe y conectan, entre otros puntos, Estados Unidos, Colombia y Jamaica, permitió que CFX-1 alcanzara un incremento de capacidad de aproximadamente diez veces, superando los 32 Tb/s, utilizando infraestructura submarina ya existente.
La siguiente generación incorpora además Spatial Division Multiplexing, mayor número de pares de fibra, mejores módems ópticos y arquitecturas abiertas. En mayo de 2026, el Matrix Cable System de Indonesia activó 1 Tb/s por longitud de onda sobre un segmento submarino ya operativo, sin necesidad de tender un nuevo cable.
La edad física de un cable no determina por sí sola su importancia. Una infraestructura instalada años atrás puede adquirir mucho más valor mediante sucesivas modernizaciones. Por ello, conocer qué cables están activos, cuáles han sido retirados, cuáles pueden ampliarse, dónde aterrizan y qué capacidad real transportan forma parte hoy del conocimiento estratégico del dominio submarino. El cable puede permanecer en el fondo del océano; lo que cambia constantemente es la cantidad y el valor de la información que circula por él.
Una tecnología de 175 años sostiene la economía digital del siglo XXI. Cambiaron radicalmente los contenidos transportados y las tecnologías de transmisión, pero permanece el principio fundamental: conectar físicamente continentes a través del fondo oceánico.
Modernizar es estratégicamente tan importante como construir. La electrónica y la óptica permiten prolongar la utilidad y multiplicar la capacidad de determinados sistemas sin reemplazar completamente su infraestructura submarina.
El ciclo de vida de los cables debe incorporarse al análisis de seguridad. Cables nuevos, antiguos modernizados, redundantes, retirados y futuras rutas conforman una geografía dinámica que interesa tanto a empresas y Estados como a los servicios de inteligencia y las fuerzas navales.
¿Cuánto conocemos realmente sobre la edad, capacidad, redundancia y vulnerabilidad de los cables submarinos de los que depende Latinoamérica?
Sería un error considerar este fenómeno exclusivamente europeo. Latinoamérica depende igualmente de cables submarinos para su conectividad internacional. Brasil constituye uno de los principales nodos atlánticos. Chile concentra conexiones transpacíficas crecientes. Panamá y el Caribe poseen enorme relevancia geográfica. Argentina y Uruguay dependen de rutas regionales que terminan conectando con grandes nodos internacionales.
Existe además otra dimensión. El crecimiento de centros de datos, cloud computing e inteligencia artificial incrementará exponencialmente el valor estratégico de estas conexiones.
La pregunta para Latinoamérica ya no debería ser solamente: ¿tenemos suficiente conectividad? Debería comenzar a ser: ¿Qué grado de redundancia, vigilancia, reparación y resiliencia tenemos si esa conectividad es interrumpida deliberadamente? Ese debate todavía está muy por detrás de Europa.
Durante siglos, controlar el mar significó controlar las rutas comerciales. Luego significó controlar las rutas energéticas. En el siglo XXI significa también controlar los flujos de información. Existe por tanto una nueva dimensión estratégica: superficie, columna de agua, fondo marino, infraestructura y datos.
Quien pueda observar esa arquitectura, protegerla, intervenirla o destruirla dispone de una capacidad de coerción extraordinaria. Y precisamente porque buena parte de esa infraestructura permanece invisible para las sociedades, puede convertirse en uno de los espacios más atractivos para las operaciones de zona gris.
Los cables submarinos han dejado de ser simplemente infraestructura de telecomunicaciones. Son componentes de la seguridad nacional, del sistema financiero, de la economía digital y de la capacidad militar. Su protección debe integrarse definitivamente a las estrategias nacionales de infraestructura crítica.
La guerra híbrida ya no puede considerarse una modalidad novedosa. Se está observando una evolución hacia una convergencia multidominio donde infraestructura física, ciberespacio, inteligencia artificial, sistemas autónomos, espacio, información y operaciones encubiertas funcionan dentro de un mismo ecosistema estratégico.
El próximo gran ataque contra una sociedad avanzada puede no comenzar con un misil. Puede comenzar con un ancla arrastrándose silenciosamente sobre el fondo del océano, un malware infiltrado meses antes, un satélite interferido o un cable aparentemente roto por accidente.
Si la economía, las comunicaciones, la inteligencia artificial, las finanzas y buena parte de nuestra capacidad de defensa dependen de una infraestructura privada, distribuida y vulnerable situada a miles de metros bajo el océano, ¿quién tiene realmente la responsabilidad de defenderla: las empresas que la poseen o los Estados cuya seguridad depende de ella?
Con Información de revistaseguridad.cl
