La biografía de José Miguel Insulza es, en muchos sentidos, un recorrido paralelo al de la política chilena contemporánea. Tras el golpe de Estado de 1973, vivió el exilio en Roma y luego en México, donde se desempeñó como académico e investigador en universidades y centros de estudio. Esa etapa lo conectó con el pensamiento político internacional y lo consolidó como intelectual.

Con el retorno de la democracia en 1990, volvió a Chile e inició una carrera en el servicio público que lo llevaría a ocupar cargos clave: ministro de Relaciones Exteriores, ministro Secretario General de la Presidencia y ministro del Interior. En cada uno de esos puestos dejó huella, ya sea impulsando acuerdos internacionales, coordinando la agenda legislativa o enfrentando crisis de gobernabilidad.

En 2005 alcanzó un sitial inédito para un chileno: ser elegido secretario general de la OEA. Durante diez años fue protagonista de la política continental, enfrentando desafíos como la crisis hondureña o las tensiones en la región andina.

En 2018 regresó a la política nacional como senador. Desde entonces, ha participado en debates clave sobre seguridad, relaciones exteriores y gobernabilidad. Su voz se ha caracterizado por la defensa del diálogo y la búsqueda de acuerdos transversales.

Hoy, a sus 82 años, Insulza sigue siendo protagonista. Su apodo de “Panzer” no es solo un mote: refleja una trayectoria marcada por la firmeza, la resiliencia y la capacidad de mantenerse vigente. En un país que a menudo critica la “vieja política”, su figura recuerda que la experiencia acumulada puede ser una herramienta valiosa en tiempos de incertidumbre.

Su reciente problema cardíaco, resuelto con la instalación de un marcapasos, no hizo más que reforzar esa imagen. Con humor y firmeza, respondió: “Todavía hay Panzer para rato”. Una frase que sintetiza la esencia de un político que, tras cinco décadas de historia, insiste en seguir aportando a la vida pública del país.